El planeta presenta una masa equivalente a unas 300 veces la de la Tierra y un tamaño similar al de Júpiter. Su detección completó una investigación comenzada una década atrás para examinar los anillos observados en torno a estrellas jóvenes y establecer si esas estructuras guardan relación con la formación de planetas.
El hallazgo surge de un trabajo desarrollado durante diez años dentro de Odisea, un proyecto que arrancó con la participación de la UNLP para estudiar cómo se forman los planetas. Orcajo había intervenido en investigaciones previas sobre la evolución de los discos de gas y polvo que rodean a las estrellas jóvenes.
En 2021, el quilmeño Lucas Cieza y Orcajo publicaron una reconstrucción sobre la evolución de esos discos. En 2025, el equipo logró respaldar esa propuesta mediante modelos numéricos. La detección de Elías 2-24 b permitió completar la evidencia faltante y vincular las estructuras observadas con un planeta en formación.
El planeta atraviesa una etapa intermedia de su desarrollo y hoy se encuentra en la tercera de cinco fases identificadas por los investigadores. Los anillos que rodean a algunas estrellas jóvenes comenzaron a estudiarse con mayor detalle gracias a los nuevos telescopios. Durante años existieron distintas explicaciones sobre su origen. El equipo de Cieza sostuvo que podían estar relacionados con planetas que todavía se encontraban en proceso de formación.
La principal conclusión del estudio está vinculada con los tiempos de formación. Los investigadores sostenían que un planeta gigante como Júpiter podía necesitar alrededor de diez millones de años para completar su desarrollo. Elías 2-24 b aporta evidencia de que ese proceso puede avanzar en menos de un millón de años.